Aunque es cierto que el útero materno, en condiciones normales, proporciona el mejor lugar para el desarrollo del bebé hasta su total maduración, también es cierto que no puede aislarlo completamente de las influencias externas, ya sean éstas positivas o negativas. Una de estas influencias negativas es el ruido, algo que aunque se encuentre aún dentro del útero de su madre, podría llegar a afectarle.

¿Qué sonidos llegan al feto a lo largo de su vida dentro del útero?.

En primer lugar, los que se producen dentro del cuerpo de su madre: su respiración, el sonido de su sangre corriendo a través de venas y arterias, el sonido de su corazón y sus intestinos, la resonancia de su voz… Todos estos sonidos se hacen familiares al bebé. De alguna manera los conoce y le relajan. De una manera especial parece relajarle la voz de la madre, de ahí el consejo que se nos da a las embarazadas de hablar mucho al bebé durante el embarazo.

En segundo lugar, están los sonidos que provienen del exterior. Esos sonidos externos, llegan amortiguados y alterados por la pared del abdomen, el útero y el líquido amniótico. Cuando estos sonidos (las voces de otras personas, la música, el roce de unos objetos contra otros…) tienen una intensidad normal, no provocan una reacción especialmente negativa en el feto. Sin embargo, cuando la intensidad de los sonidos es tan grande que éstos se transforman en ruido, sí se puede decir que claramente afectan al feto, provocando en él reacciones que indican malestar e incluso dolor.

Por ejemplo hay estudios científicos realizados mediante electrocardiogramas o ecografías en los que se muestra cómo reacciona el feto ante, por ejemplo, una puerta que se cierra estrepitosamente. Los resultados de las pruebas muestran cómo se produce en el bebé una reacción general de sobresalto: parpadea, mueve las extremidades y el ritmo de su corazón se acelera… todos síntomas de estrés. Como sabemos, el estrés genera la secreción de una hormona que es la adrenalina, cuya presencia, en una cantidad irregular en el feto puede perjudicarlo.

Hay situaciones donde claramente detectamos un nivel de ruido excesivo que podemos identificar como nocivo para el bebé: es el caso del trabajo en una fábrica, los ruidos procedentes de una obra en la calle, el tráfico a una hora punta… Sin embargo, hay otros ruidos, de una intensidad muy elevada, que a veces no contemplamos en esa lista de “perjudiciales” y que sin embargo, lo son. Es el caso de otros lugares de trabajo como los colegios donde a menudo se habla demasiado alto, conciertos donde la música es amplificada, las discotecas, los lugares cerrados donde la radio o la televisión están a todo volumen…

Ser conscientes de cómo puede el ruido afectar a nuestro bebé nos animará a buscar soluciones y evitar en lo posible las situaciones en que se produce.