En circunstancias normales, la principal preocupación que tienen los padres, desde que nacen sus hijos es que sean felices. En primer lugar, que no les falte abrigo, alimento, las horas de sueño que necesitan, que no enfermen o que se restablezcan lo antes posible… Más tarde, que sean capaces de adquirir hábitos que sean saludables, como comer de todo, cepillarse los dientes, lavarse las manos antes de comer… Cuando empiezan a relacionarse con sus hermanos o con otros niños en la guardería y el colegio, deseamos que sean capaces de aprender, pero también de saber reclamar sus derechos llegado el caso, que sean capaces de adquirir valores que les permitan vivir y progresar en la sociedad. Pensamos que lo felices que puedan llegar ser, dependerá, en gran parte, también, de la adquisición de estos valores, algo que podemos inclulcarles mediante nuestro ejemplo.

La educación es algo que los niños reciben desde que nacen, cuando todavía no saben hablar: aprenden a sonreír, cuando ven sonreír a sus padres o aprenden a vivir nerviosos o estresados, cuando en el hogar reina un clima tenso. Todos los padres educamos a nuestros hijos según nuestra escala de valores, (ya seamos conscientes de ello o no) y los educamos, primero, con nuestro ejemplo, es decir, con lo que nosotros hacemos. Si queremos que nuestro hijo aprenda a resolver sus pequeños conflictos diarios con calma y resolución (cuando quiere una cosa que no le pertenece, cuando se han acabado sus cereales favoritos, cuando se ha estropeado un trabajo que tenía que entregar en el colegio, cuando ha recibido una mala contestación de un compañero…) deberemos nosotros antes aprender a afrontar con calma y resolución nuestros conflictos de cada día (cuando se nos olvidan las llaves, cuando descubrimos que se ha acabado el café justo cuando vamos a desayunar, cuando un compañero de trabajo nos ha contestado mal, cuando estamos dando vueltas a qué hacer para llegar a fin de mes…). No podemos exigir a nuestros hijos que hablen con cariño a sus hermanos, por ejemplo, si nosotros, por falta de tiempo o dedicación no les hablamos con cariño a ellos. Sin embargo, si ven a sus padres día tras día ejercitar la paciencia por ejemplo ante una rabieta, nuestros hijos irán asimilando esa actitud como respuesta a determinadas situaciones pasajeras, de la misma forma que ver cómo no dejamos pasar determinados comportamientos, como pegar a los hermanos, intentar conseguir las cosas por la fuerza, también irá haciéndoles desechar esta conducta como algo aceptable.

A veces vamos tan deprisa haciendo las cosas, que no nos paramos a pensar la importante influencia que nuestros actos ejercen sobre nuestros hijos. Les decimos exactamente qué tienen que hacer y cómo tienen que comportarse. Quizás sería bueno, también, pararnos a analizar en base que a qué escala de valores afrontamos nosotros el día a día y cuáles son los que les estamos transmitiendo con nuestro comportamiento. Podemos tomarlo como una interesante aventura incluida en el emocionante viaje que supone ser padres.