La educación de los niños, a menudo, puede ser fuente de agobio, malhumor, nerviosismo. Es normal que ocurra esto, por una sencilla razón: educar es difícil. Es una tarea maravillosa, aunque no exenta de problemas. Es lógico desanimarse cuando los hijos, por ejemplo, no hacen caso, no recogen sus juguetes cuando se les dice, o se pelean y discuten entre sí. Si tienen entre cero y tres años, la principal causa de agobio materno es la comida: esto no me gusta, quiero chuches…

Para afrontarlo eficazmente es importante practicar un valor muy oportuno: el autocontrol.

Definimos el autocontrol como la capacidad adquirida para controlar el estrés, encauzar el trabajo educativo con buen ánimo, y afrontar el reto cotidiano de educar asimilando la ansiedad de forma positiva sin que nos produzca un bloqueo emocional

Para crecer en autocontrol, es muy útil la práctica de los siguientes hábitos:

  • Relajarse: controlar la respiración, hacer pausas, ralentizar los movimientos, evitar la aceleración.
  • Llevar un Plan de Acción: hacer una lista de tareas, procurar cierto orden, llevar un seguimiento escrito de los hábitos que queremos perfeccionar en los hijos, y anotar medidas de refuerzo positivo.
  • Evitar los pensamientos negativos. Es provechoso, en este sentido, ir anotando los pequeños logros de nuestros hijos: verlos apuntados nos servirá para valorar objetivamente la situación y no caer en pesimismos.
  • Establecer horarios y hábitos. La improvisación produce estrés. Tener las cosas más o menos calculadas, dentro de lo razonable, transmite paz y orden.
  • Una cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. El orden favorece la calma. Tener al día los instrumentos de almacenaje: armarios, cajones, roperos… produce calma. Acostumbrando a los hijos a guardar cada cosa en su sitio se evitan esos incidentes de desorden que tanto perjudican la convivencia y tanta ansiedad producen en casa.
  • Gestión de la ira. Visualizarnos cuando estamos enfadados puede ayudarnos a descubrir lo negativo que es  enfadarse exageradamente. “Vernos”, cuando estamos nerviosas, contribuye a dominar el malhumor y controlar nuestras formas. Tomar conciencia de los gestos que empleamos, de la forma en que hablamos a los hijos, suscita una respuesta emocional positiva en nosotros, que fomenta el autodominio.
  • Controlar la voz. Hablar flojito a los niños, sin levantar en exceso la voz, es un instrumento muy eficaz para transmitir calma, dar ejemplo de cómo queremos que ellos mismos se comuniquen con nosotros y entre ellos, y prepara una atmósfera relajada. La contaminación acústica, no lo olvidemos, es uno de los principales factores de estrés.

EN RESUMEN, estando tranquilas, con buen ánimo valorando positivamente las cosas, desacelerando la mente, trabajando con eficacia, y cuidando el orden, ayudamos a prevenir la ansiedad y propiciamos un ambiente de paz.