La actividad minera siempre ha sido un peligro para el medio ambiente, ya que modifica el ecosistema. Sin embargo, la minería a cielo abierto es mucho más riesgosa, ya que su práctica provoca el desprendimiento de sustancias tóxicas, algunas de ellas que se encuentran en las rocas y otras que se emplean en la separación de los materiales obtenidos. Estas sustancias peligrosas se dispersan mediante el aire, el agua y el suelo, provocando inconvenientes sanitarios e higiénicos en las poblaciones cercanas a las minas.

Para poder obtener el mineral, se colocan en la tierra miles de toneladas de explosivos, con el fin de destrozar la roca y llevarla a una planta de tratamiento, donde se buscarán los restos de materiales que se intentan conseguir. Lo peligroso es que la dinamita que se utiliza en este proceso emite nitrato y dióxido de carbono, que son altamente nocivos para el medio ambiente y la salud de los seres humanos. No sólo se ven afectados los trabajadores de las minas sino también los habitantes de los pueblos y ciudades aledañas, ya que estos tóxicos pueden provocar vómitos, asfixia, envenenamiento, intoxicación de los tejidos e incluso la muerte.

Al explotarse, excavarse o perforarse la tierra, y al trasladarse los minerales y las rocas, permanecen suspendidas en el aire millones de partículas de polvo que están contaminadas con diversas sustancias radiactivas que, por el efecto del viento, pueden movilizarse hasta 1000 kilómetros de distancia. Por ejemplo, la sílice que se encuentra presente en toda corteza terrestre, se expone en todos los yacimientos mineros a cielo abierto una vez que se intenta obtener el material de la roca. Al viajar por el aire, la sílice puede ser respirado por los seres humanos, causando innumerables enfermedades de las vías respiratorias.

Otro componente peligroso que se libera en la explotación minera es el plomo, que puede entrar en contacto con el ser humano a través de la piel, las vías respiratorias y mediante la ingestión, provocando la conocida enfermedad del saturnismo, es decir, un envenenamiento por plomo que genera anemia, intoxicación, hipertensión, insomnio, dificultad en la concentración, problemas renales y daños neurológicos. Estos inconvenientes no afectan solamente a quienes trabajan en las minas y sus familias sino a cualquier persona que viva cerca de un yacimiento minero.

Por otra parte, existen graves riesgos de envenenamiento de los suelos y de las aguas cercanas a las minas, ya que para obtener los materiales se los rocían con elementos químicos muy tóxicos: en el caso del oro, se utiliza un compuesto con cianuro de sodio, en el caso de la plata tiene arsénico y para el cobre se emplea ácido sulfúrico. Luego se lava los materiales con agua, y aquél líquido sobrante va a parar a las napas del suelo, contaminando la superficie de la tierra y toda reserva de agua cercana.