Todo comenzó en un pueblo en el que un hombre de unos cuarenta años vive muy cerca de su madrastra, con la que tiene una mala relación. Esta enemistad es ya de años, debido a peleas judiciales por propiedades.

La policía del pueblo se queda sorprendida cuando la señora decide denunciar a su hijastro, argumentándoles que este ha enseñado al loro insultos y que ahora el animal los repita cada vez que la ve pasando junto a la venta, cosa que necesariamente tiene que hacer cada día.

El hijo le dice a la policía que eso no es cierto, que él no ha enseñado a su loro palabras malsonantes y mucho menos lo ha entrenado para que se las diga exclusivamente a su madrastra en cada ocasión que se cruzaran.

Ante estos argumentos, a los policías no se les ocurre mejor cosa que llamar a “declarar” al loro a la comisaría. Para determinar si este es o no culpable de insultar a la señora, se decide dejarlo junto a ella y esperar para ver qué es lo que dice.

Pero el loro, como es lógico, permaneció callado durante largo rato, seguramente asustado por todo el revuelo que se había formado a su alrededor o quizás porque, como decía su dueño, este no sabía hablar.

Su silencio le valió una declaración de inocencia por parte de la policía, pero entonces llegó la segunda parte del problema, ya que el dueño del pájaro dijo que no quería llevarlo de nuevo a la casa, ya que sabía que su madrastra continuaría utilizándolo para acusarle.

Dijo que no quería tener que estar día tras día en comisaría o recibiendo a la policía y que por tanto, renunciaba al animal. Los policías, pillados por sorpresa, resolvieron que lo mejor era abrir la puerta y liberarlo, pero el tozudo pájaro no quiso salir.

Finalmente, fueron los guardias forestales los que se hicieron cargo del pobre animal, que criado desde siempre en cautividad no era apto para ser liberado tan alegremente como habían intentado hacer en comisaría.