“Cuenta la historia que un matrimonio de labradores chinos vivían en su casa en el campo y la vida les sonreía.  No necesitaban apenas trabajar para que la tierra diera grandes frutos y la suerte parecía estar siempre de su lado. Vivían con un perro y con un gato a los que querían por igual.

El motivo de su suerte era un anillo mágico que poseían desde hacía muchas generaciones, pero ellos no eran conscientes de su poder. En cierta ocasión, necesitando aperos nuevos para la labranza, el marido decidió ir a la ciudad y cambiar el anillo por estos utensilios y por unos bueyes. Y así lo hizo. A partir de ese momento todo comenzó a cambiar. El suelo se volvió duro y yermo, los bueyes murieron de hambre y el perro y el gato estaban flacos y desesperados. El matrimonio, sin recursos, estaban ya desesperados.”

Un plan gatuno

“Fue entonces cuando el gato, con su instinto natural para la magia, se dio cuenta de que todo había cambiado a partir de la pérdida del anillo y fue a hablar con el perro. Le propuso recuperarlo para poder volver a tener la vida plácida y afortunada que tenían antes y ambos partieron a la ciudad.

Al llegar a la casa del nuevo propietario del anillo el perro ladró fuerte para distraer a los moradores, mientras el gato, un buen ladronzuelo, entraba sigilosamente en el hogar y recuperaba la joya. Con ella ya encima, ambos animales decidieron volver lo antes posible, impacientes por darles a sus dueños el anillo. “

Un gato veloz y un perro que no llegó a tiempo

“El gato sorteaba todos los obstáculos casi como si volara, trepando por edificios y fortificaciones. El perro, menos ágil, debía ir por las vías habilitadas, por lo que tardó varios días más que el gato en llegar al hogar.

Al entrar en el mismo, se encontró al minino tratado como un dios. El matrimonio, conscientes de lo que les había traído de nuevo la suerte, lo mimaban y consentían todos sus caprichos. Al ver al perro, ignorantes de que también había ayudado en el rescate, lo regañaron por haber escapado cuando todo iba mal y lo relegaron fuera de la casa, obligándolo a tareas de vigilancia.

A partir de este momento, el perro nunca perdonó al gato que este se hubiera llevado todo el mérito y por eso ambos se persiguen y se hacen rabiar mutuamente.“