En cualquier caso, ambas tienen su punto de interés y seguro que al menos despiertan la curiosidad de cualquiera que disfrute con las historias de mascotas.

La historia de los perros del Titanic

En el Titanic no solo viajaban muchas personas, también lo hacían algunas de sus mascotas. Cuando el barco chocó contra un Iceberg iban a bordo doce perros. Solo tres lograron salvarse de manera casi milagrosa.

El primero de los perros que se salvó lo hizo al subir junto a sus dueños en uno de los primeros botes salvavidas. Fue durante los primeros momentos de la tragedia, cuando se echaron al mar los primeros de los botes que iban prácticamente vacíos. A nadie le importaba en aquel momento que un perro ocupara una plaza.

Cuando la tragedia se hizo más que evidente y todo el mundo luchaba por una plaza en los botes, ya no se permitió a las mascotas subir a bordo, no obstante se salvaron dos perros de pequeño tamaño. Uno se dice que iba oculto en el bolso de su dueña, del segundo se cuenta que se lo hicieron pasar por un bebé envolviéndolo en una mantilla.

Entre los perros que murieron había un Gran Danés propiedad de una dama que, según los sobrevivientes, se negó a subir a los botes al no permitir que su perro lo hiciera con ella. Un buque reportó cuatro días después del hundimiento que habían visto los cuerpos de una mujer y un perro, ambos totalmente congelados, abrazados y flotando en el agua.

La increíble historia de Owney

Owney era uno de tantos perros callejeros, un cachorro que buscó calor dentro de un tren. Se quedó dormido entre un montón de bolsas de correo y así lo encontraron los trabajadores de la oficina postal de Albany al día siguiente.

Owney era aficionado a los trenes y al correo, así que cogió la costumbre de subirse en diferentes trenes, realizar todo tipo de recorridos y, finalmente, regresar a Albany. Hasta que los empleados decidieron adoptarlo, ponerle una chapa identificativa y dejar que el perro viajara con el correo tanto como le apeteciera. Incluso se decía que daba suerte porque si él iba en un tren, este no tendría ningún accidente.

Gracias a su chapa, el perro siempre era enviado de vuelta a Albany y se dice que incluso llegó a viajar a Asia y a Europa en barco. Se sabe de sus destinos porque los empleados de los diferentes lugares tomaron como costumbre ponerle medallitas y sellos de los sitios por los que pasaba.

Se dedicó a viajar durante once años, acumulando más de mil medallas de diferentes destinos. Murió a consecuencia de una bala de la que nunca se supo su origen y su cuerpo está embalsamado y se conserva junto a todas sus medallas en el National Postal Museum.