• Toma de decisiones con ‘prisas’. En cualquier empresa la toma de decisiones debe llevar el tiempo necesario para asegurarnos de que no se van a cometer errores. Si tienes dudas, consulta con un asesor o con personas especializadas en la materia que necesitas solventar. Dedica tiempo a crear una Plan de Negocio factible para que sirva de guía en el nacimiento y desarrollo de tu empresa, ya que de este modo podrás ahorrar tiempo y dinero en la toma de decisiones.
  • Elegir lo más rentable y no lo que más se adecúa a ti. Uno de los aspectos fundamentales para que un negocio vaya bien es que al personal le guste lo que hacen. Trasmitir la pasión por el trabajo que realizan los empleados a los clientes, permite obtener mayores ventas en menos tiempo. Los emprendedores suelen elegir actividades que se ajustan a sus gustos, experiencias previas o conocimientos adquiridos a lo largo de su vida. Pero en ocasiones, sobre todo cuando se opta por montar una franquicia, se elige el sector que pueda salir más rentable y no el que se pueda adecuar a nuestra personalidad. Si no nos apasiona lo que hacemos, tenemos más posibilidades de que nuestro negocio no prospere.
  • No tener conocimiento del capital requerido. Muchas veces hay gastos imprevistos en los primeros meses de una empresa, por lo que no sólo debemos tener en cuenta el capital mínimo para cubrir los recursos materiales, humanos y administrativos en el nacimiento del negocio. La mejor opción es consultar con un experto financiero sobre los riesgos y posibles problemas económicos inesperados que pueden surgir en nuestro sector.

Puesta en marcha del negocio

  • No fijarse en los competidores. Uno de los requisitos para que nuestra empresa se ‘abra un hueco’ en el mercado, es conocer a nuestros competidores directos e indirectos. Si podemos estudiar con detenimiento los aspectos positivos y negativos de aquellas empresas que también se dedique a nuestro sector, podremos evitar cometer sus errores y fijarnos en sus virtudes.
  • No llevar los pagos y cobros al día. Debemos ser exigentes en todos los aspectos de nuestra empresa, pero hay que hacer mayor hincapié en el financiero. No se puede permitir que nuestros proveedores no nos paguen, ni mucho menos, que nuestro negocio no ‘lleve al día’ los pagos pendientes. Nunca se debe perdonar una deuda o aplazar un cobro porque nos ‘fiemos’ del cliente. Del mismo modo, debemos ser serios en nuestra empresa y cumplir los plazos establecidos para hacer nuestros pagos.
  • No exigir. Exigir es sinónimo de requerir, no de ‘pedir lo imposible’. Un emprendedor debe saber tomar el mando de su negocio y demandar a sus empleados y proveedores lo acordado. Sin embargo, tenemos que ser conscientes de lo que realmente podemos pedir y no reclamar plazos de tiempo o una productividad que no es factible. Pero sí que debemos mantenernos dentro de los límites que nuestra empresa puede abarcar, y la persona al mando tiene que controlarlo.
  • No cuidar a los clientes. ‘Conseguir un cliente es conseguir un tesoro’. Todas las empresas, sean del sector que sean, tienen una cosa en común: una vez conseguido un cliente deben mantenerlo. La mejor publicidad es la que pueden hacer las personas que han tenido una experiencia positiva con tu empresa, por ello, es necesario asegurarnos de que dicha satisfacción es real y que se mantiene en el tiempo. Cuidar a un cliente no sólo se basa en tener un trato amable y educado con él, sino que es saber hacer que vuelva o que nos recomiende.