Todos hemos leído sobre perros que tras la muerte de su dueño se han quedado a vivir en el cementerio o en los alrededores del hospital en dónde fueron internados esperando a que su humano saliera nuevamente a por ellos. Pero sin llegar a casos tan extremos, un perro puede acarrear una gran tristeza o depresión por una muerte.

La muerte de un miembro de la familia

El perro suele tener a un miembro de la familia al que reconoce como su dueño por encima de los demás, pero esto no quiere decir que no quiera al resto del núcleo. Cuando una persona enferma gravemente, los perros lo perciben y su instinto les lleva a proteger al miembro débil de la manada, por lo que es habitual que no se separen de esa persona si se les permite acompañarle. Enfermedades como el cáncer hacen que el paciente desprenda un olor especial que los humanos no somos capaces de percibir pero sí lo hacen los perros, que tienen el olfato muy desarrollado, por lo que a veces son conscientes de la enfermedad incluso antes de que se diagnostique.

Los perros también lo pasan mal tras la pérdida de un miembro de la familia

Tras la muerte de la persona, el perro puede estar apático, dejar de comer e incluso llorar. Esto es lo que muchas personas afirman, que sus perros lloran a su forma y manera, aullando quejumbrosamente y mostrándose tristes y sin ganas de nada. Si esta situación dura más de lo normal, se debe de llevar al animal al veterinario para valorar un tratamiento.

La muerte de otra mascota

Nuevamente cada perro es un mundo y reacciona de una manera diferente ante la pérdida de un compañero peludo, pero los estudios afirman que siete de cada diez animales muestran tristeza tras el fallecimiento de su amigo.

Las muestras de tristeza son parecidas a las que ya hemos visto: apatía, falta de ganas de jugar, demasiadas horas de sueño… Muchos perros buscan mucho más cariño y atención tras una muerte y es conveniente cubrir estas necesidades afectivas.

No se trata de compadecer al animal, sino de demostrarle que se le quiere y darle un poco más de atención en un momento anímico malo para él sin que sea una excusa para consentirlo o crear hábitos que luego sean una molestia, como por ejemplo dejarlos subir a la cama si no se les permite habitualmente.