Todo lo que les sucede a lo largo del día va impactándoles de distinta forma y afectando su estado de ánimo, ya sea para bien o para mal. Un pequeño comentario sobre su aspecto puede estropearles el día, así como el simple saludo del chico o chica que les guste puede causar el efecto contrario. Los sentimientos invaden su mundo de una manera tan fuerte que a veces pueden llegar a dejar de lado la razón. Por fortuna, la mayoría de problemas para los jóvenes no suelen ser problemas realmente graves para adultos experimentados, no es habitual que pasen por etapas duras como el embarazo en adolescentes, sino que la mayoría suelen tener problemas relacionados con sus amigos, algún roce con algún profesor o problemas de adaptación en su entorno.

Podemos ayudar a nuestros hijos adolescentes aconsejándoles que intenten investigar qué es lo que realmente sienten ante una discusión fuerte con un amigo o amiga. Poner orden en los sentimientos, aclarándolos, les ayuda a reconocer cuál es el problema, y, de esta manera, es más fácil abordarlo. También esto les puede ayudar si lo que les pasa es que se están sintiendo intimidados por otro compañero que les está molestando en clase, por ejemplo.

Los sentimientos tienen nombre: tristeza, alegría, miedo… el primer paso es analizar “qué estoy sintiendo”. Poner un nombre a los sentimientos es empezar a analizar “qué me pasa”. Por ejemplo, cuando nuestro hijo o hija han tenido una discusión fuerte con su mejor amigo o amiga, no se sienten bien. A menudo se les cae el mundo encima y por un tiempo pierden interés por todo. De ahí que el problema de la depresión en adolescentes sea algo tan extendido, pues son muchos los jóvenes que no son capaces de resolver sus problemas o inquietudes. Por ello la ayuda y atención de los padres es fundamental.

Poder comunicar lo que a uno le pasa es el primer paso para intentar solucionarlo. Aquí te damos todos los pasos a seguir para tratar de ayudar emocionalmente a tu hijo adolescente:

  • 1º) Hacer un esquema mental de lo que ha sucedido de la manera más objetiva posible y ser capaz de contarlo: “He llegado tarde porque mis padres me obligaron a recoger el cuarto y mi amiga se ha enfadado conmigo muchísimo, me ha insultado y he tenido que irme”.
  • 2º) En segundo lugar, analizar cómo me siento: “Me siento triste porque no esperaba esa reacción de mi amiga, no entiendo por qué se ha comportado de esa manera” “Siento rabia porque me ha insultado y no he sabido defenderme en ese momento” “Me siento decepcionada porque me ha demostrado que no es tan buena amiga como yo me creía”…
  • 3º) Ver cuál es mi parte de responsabilidad : “Si hubiese ordenado mi habitación antes, habría llegado puntual a mi cita y además no habría hecho enfadarse a mis padres” y cómo puede sentirse mi amiga para haber reaccionado así. “Quizás ella también tenga algún problema y haber estado esperando demasiado ha hecho que lo pague conmigo, lo cual, aunque no es aceptable, podría servir como atenuante, o pueda ser que esté enfadada conmigo por otro tema que no me haya contado”
  • 4º) Valorar si esa amistad merece una aclaración y la oportunidad de ser salvada. En ese caso, sería conveniente proponer a mi amiga quedar un día y aclarar lo sucedido, explicando cómo me siento e intentando comprender cuáles son sus sentimientos.

En definitiva, para ayudar a nuestros hijos a resolver conflictos: aconsejarles que les pongan nombre a sus sentimientos  y que dejen entrar en juego a la razón.