Lo primero que habría que plantearse es qué es realmente el matrimonio. Para algunos es una ceremonia religiosa en la que dos personas se comprometen ante Dios para amarse eternamente. Esa puede ser una parte del matrimonio para los creyentes, pero hay otra parte que incluye a todo el mundo y que no es conveniente obviar por muy enamorados que nos sintamos.

El matrimonio es un contrato civil y, como todos los contratos, tiene letra pequeña. Según el lugar en el que te cases lo harás bajo un régimen y otro y las condiciones cambian de manera muy radical. Mientras que en Cataluña, por ejemplo, el régimen habitual es la separación de bienes y es lo que se aplica a todos los matrimonios por defecto, en la mayoría del territorio español el régimen habitual es el de gananciales.

Los matrimonios en régimen de gananciales son para algunos especialistas en derecho algo a eliminar, ya que son fruto de una concepción de la pareja que ha quedado anticuada. Antes, cuando la mujer raramente trabajaba, el hecho de casarse en régimen de gananciales la beneficiaba ya que la hacía propietaria de la mitad de las propiedades y del dinero que el marido hubiera podido adquirir o ganar mientras persista la sociedad que ha constituido con su esposa.

Cuándo el amor se acaba

En caso de divorcio lo que se produce realmente es una disolución de dicha sociedad y por tanto hay que realizar un inventario de todos los bienes que se poseen y un reparto equitativo. En dicho reparto habrá que negociar aspectos como la custodia de los hijos, de existir estos, o la posibilidad de una pensión compensatorio para el cónyuge más débil económicamente.

Cuando existe una separación de bienes todo es más sencillo ya que está claro qué propiedades son de cada uno de los esposos y de quién es el dinero. Pero quedarían igualmente otros aspectos por discutir referentes a custodias o pensiones. Por eso, los abogados recomiendan que se realice un contrato matrimonial más extenso y claro.

Hay algo que sin duda es cierto, es mucho más fácil llegar a acuerdos con alguien con quién te llevas bien que con alguien con quien pueda existir rencor. Por eso, firmar acuerdos matrimoniales facilita enormemente las cosas y evita muchas peleas que lo único que hacen es poner todavía más difíciles las relaciones.

En casos en los que puede haber mucho dinero o bienes de por medio se recomienda que el acuerdo se discuta entre abogados, pero en parejas en las que no hay grandes cifras y que además parten de similares niveles económicos, normalmente se puede llegar a un acuerdo con un abogado común.

No se debe de pensar que firmar un contrato matrimonial sea una manera de reconocer que el amor tiene fecha de caducidad. Si se tiene la suerte de que la relación dure para toda la vida, el acuerdo no hará ninguna falta pero si eso no ocurre, el divorcio podrá realizarse de manera más sencilla, más rápida y seguramente con menos rencores.